viernes, 8 de junio de 2012

Testimonio de Elisa Martínez, apoderada de presos

“No me dejó ni mover y días después me di cuenta de que se estaba despidiendo”
Elisa Martínez y su último recuerdo de Mariano Pujadas.
Fundadora:  Martínez dio el puntapié inicial para que los presos pudieran tener sus apoderados en Rawson.
El último jueves de visita en la U-6 antes de la fuga, Mariano Pujadas no dejó que su apoderada de Trelew hablara con nadie ni que se mueva entre los presos. Aunque era un hombre parco también era afectuoso. Tomó suavemente de los hombros a Elisa Martínez y charló con su marido Horacio Mallo. “No me dejó mover por el resto del pabellón para conversar con el resto como yo hacía en esos días de visita general”, contó ayer la mujer. Días después “entendí que se estaba despidiendo aunque en ese momento no me di cuenta”.

Durante mucho tiempo antes Martínez le llevó cajas de remedios y elementos de limpieza para luchar contra las pulgas y las chinches del calabozo, como fundadora de esa Comisión de Solidaridad con los presos políticos. Llevaba tantas aspirinas que un día les preguntó “¿tanto les duele la cabeza?”.

Su primer protegido fue un joven mendocino que estuvo pocos días. Luego le tocó Pujadas, el hombre al que la Marina acusa de golpear al capitán Sosa y e iniciar el intento de fuga en la Base. Apoderada y preso no se eligieron: la prioridad eran dar una mano a quienes más lejos estaban de su provincia. Ambos se interesaron mucho por la familia del otro. “De entrada nos unió que ambos éramos argentinos naturalizados porque éramos de España, aunque era mucho más joven que yo. Algo mucho más afectivo que intelectual”.

Tras aquella última visita de jueves lo vio una vez más pero por TV: no podía creer a Mariano entregándose en el aeropuerto. “Mis neuronas no se juntaban y no podía unir esa imagen con lo que vi en la cárcel”, le confesó al tribunal. Vino el 22 y una nebulosa que le tapa recuerdos, hasta muchos de su propia detención, aquella que sublevó a todos. Ella, ama de casa sin activismo político más que esa ayuda a los detenidos. “Luego de la Masacre Trelew era una ciudad tomada y había mucha gente extraña que en el pueblo no conocíamos, estábamos todos vigilados y nadie se movía con libertad. Era un clima de agobio”.

Tras su detención en Devoto, Martínez retomó el contacto con la familia Pujadas. Recuerda reencuentros en Trelew, abrazos y un regalo de los padres del fusilado para la beba por nacer de su ex apoderada. “No recuerdo tanto porque todo eso está oscuro”, admitió.

Horacio, su marido escultor, les obsequió un busto de Pujadas. “Pero cuando asesinan a todos los miembros de la familia, ese busto también va al mismo pozo donde tiran a todos”. Esa noche de masacre sólo se salvan un chico de 11 años y una nena de tres meses, escondidos en el baño. El resto fue fusilado y sus cuerpos destruidos con explosivos.

La testigo pensó durante mucho tiempo que ya no quedaba ningún Pujadas. “Creí que los habían matado a todos pero mucho tiempo después mi hija más chica encuentra al sobrino de Mariano, que se llama igual, hijo de uno de sus hermanos”. El Mariano bis se encontró con Elisa poco antes de 2004. “Nos queríamos conocer y yo deposito en él muchas características personales porque es afectuoso y muy cariñoso, parece que te conociera de toda la vida y te cuenta cosa de su familia sin que le preguntes”. El bache histórico se llenó cuando conoció a la cuñada de Pujadas, Ana María Bigi. “En realidad es ella la que me junta todo porque me cuenta cómo fue diezmada esa familia y cómo se salva ella; aún hoy nos vemos y nos escribimos”.