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jueves, 26 de noviembre de 2015

Señalizan la Base Almirante Zar como lugar de Memoria

Meses atrás, el viejo aeropuerto fue declarado Lugar Histórico Nacional

La base aeronaval fue escenario de la Masacre de Trelew, ocurrida el 22 de agosto de 1972, donde fuerzas de seguridad fusilaron a 16 guerrilleros que se habían fugado del penal de Rawson,  y posteriormente en el aeropuerto de Trelew se habían rendido con presencia de un juez y de numerosos medios de prensa.

Luego de la condena a la mayoría de los responsables de la “Masacre de Trelew” –y tras haberse recuperado el Aeropuerto Viejo de la ciudad como sitio de memoria–, quedaba concluir la etapa de señalización de la Base. 

Allí, fueron fusilados: Rubén Pedro Bonet, Jorge Alejandro Ulla, Humberto Segundo Suárez, José Ricardo Mena, Humberto Adrián Toschi, Miguel Ángel Polti, Mario Emilio Delfino, Alberto Carlos Del Rey, Eduardo Campello, Clarisa Rosa Lea Place, Ana María Villarreal de Santucho, Carlos Heriberto Astudillo, Alfredo Elías Kohon, María Angélica Sabelli, Mariano Pujadas y Susana Lesgart.

El 15 de octubre de 2012, el Tribunal Oral Federal de Comodoro Rivadavia condenó a prisión perpetua a los ex capitanes de fragata Luis Sosa y Emilio Jorge del Real y el cabo Carlos Marandino por los asesinatos de 16 guerrilleros de PRT-ERP, de FAR  y de MONTONEROS.

domingo, 23 de agosto de 2015

Masacre de Trelew - 22 de agosto de 2015 |

La cárcel de Trelew fue el lugar de hacinamiento de los cuadros más capaces de las organizaciones del momento. Juntos organizaron la cotidianeidad y la resistencia en los pabellones. Gente del ERP, Montoneros, FAR trabajaron, discutieron ideológicamente en una franca relación de amistad que se fue tejiendo en el lugar. Recordamos los hechos ocurridos en el año 1972, cuando sucedió la fuga del penal sureño.

Por Patricia Rodriguez - ANRed

Humberto Constantini describe el año 1972, como una época difícil, donde la oprobiosa junta militar había usurpado el poder, el presidente de facto Lanusse y su ministro del interior Arturo Mor Roig desataron una feroz represión en todo el territorio. La resistencia se hacía cada vez más explícita, así que las cárceles, lugares de tortura y muerte, estaban plagadas de dirigentes obreros y jóvenes militantes.

La cárcel de Trelew fue el lugar de hacinamiento de los cuadros más capaces de las organizaciones del momento. Juntos organizaron la cotidianeidad y la resistencia en los pabellones. Gente del ERP, Montoneros, FAR trabajaron, discutieron ideológicamente en una franca relación de amistad que se fue tejiendo en el lugar. Conjuntamente armaron el plan de fuga.

El 15 de agosto de 1972 comenzó el camino hacia la libertad. El primer grupo avanzó con el uniforme del enemigo, pero un guardia los reconoce y dispara.
Un solo auto los esperaba en las afueras, en el suben Mario Roberto Santucho, Enrique Gorriarán y Domingo Menna del ERP, Marcos Osatinsky y Roberto Quieto de las FAR y Fernando Vaca Narvaja de Montoneros. Se dirigieron al aeropuerto de Trelew. El avión había comenzado a avanzar y un militante disfrazado de militar ordena al piloto detener el avión, que luego aterriza en Puerto Mon, Chile donde el presidente Allende le daría refugio político y la posibilidad de seguir camino a Cuba.

Cuatro compañeros Anna Wiessen, Carlos Goldemberg, Alejandro Ferreira Beltrán y Víctor Fernández Palmeiro son los encargados de hacer la apoyatura desde afuera.
Diecinueve combatientes lograron tomar unos taxis que los llevan hasta el aeropuerto, a la espera del próximo avión, pero los militares, alertados, le dan la orden al piloto, por radio de no descender. Los diecinueve luchadores sociales deciden rendirse, piden la presencia de un juez y un médico, también están presentes las cámaras de televisión y los periodistas. Los encargados de decir las verdades del caso son Bonet del ERP, María Antonia Berger de las FAR y Mariano Pujadas de Montoneros.

El capitán Luis Emilio Sosa recibe las armas de los luchadores populares y con engaños y mentiras los conducen hacia la base naval Almirante Zar de Trelew. Durante siete días soportan vejaciones e insultos hasta que un decreto ordena a los militares asesinos Sosa, Herrera, Del Real, Bravo, Fernández ejecutar a los prisioneros. Durante la madrugada sacaron de sus celdas a los diecinueve combatientes, los hicieron formar y los fusilaron. María Antonia Berger sintió el impacto en el estómago, vio a sus compañeros que caían heridos o trataban de protegerse en sus celdas y se arrojó en la suya. Escuchaba los gritos de dolor, las puteadas y las órdenes. Sobre todo escuchaba los tiros de gracia. A medida que se acercaban, iban acallando las voces. Vio al teniente de corbeta Bravo en el umbral de su celda con una pistola en la mano. Desde el suelo lo vio acercarse y apuntarle a la cabeza. Sintió el disparo y la cabeza le estalló, aunque seguía viva. Escuchó voces pero no la atendían mientras se desangraba por el estómago y la mandíbula.

Quiso hacer algo antes de morir, escribir con su sangre los nombres de Bravo y Sosa, los fusiladores, pero escribió "papá y "mamá" en una pared. Alguien se acercó y lo borró con un trapo húmedo. Volvió a mojar el dedo con su sangre y escribió "LOMJE", la consigna de las FAR y del Ejército de los Andes:"Libres o Muertos, Jamás Esclavos"

Sólo tres sobrevivientes: María Antonia Berger, Alberto Camps y Ricardo Haidar serían los encargados de relatar al pueblo la matanza ocurrida en la base Almirante Zar. Ellos fueron heridos, aún así lograron sobrevivir.
Lanusse y la prensa burguesa montaron el escenario de una farsa, relataron cómo los prisioneros intentaron fugarse. Nadie les creyó y sí coreaban en las calles “¡Todos los guerrilleros son nuestros compañeros!” aludiendo al primer atisbo de unidad entre las organizaciones FAR, ERP y Montoneros

PRESENTES: HASTA LA VICTORIA SIEMPRE
ANA MARÌA VILLAREAL DE SANTUCHO, CARLOS ASTUDILLO, EDUARDO CAPELLO, CARLOS DEL REY, CLARISA LEA PLACE, HUMBERTO SUAREZ, HUMBERTO TOSCHI, JORGE ULLUA, MARIO DELFINO, ALFREDO KOHON, MIGUEL ÀNGEL POLTI, MARIANO PUJADAS, SUSANA LESGART, MARÌA ANGÈLICA SABELLI, RUBÈN BONET, JOSÈ MENNA

Jorge Lewinger (1) y sus recuerdos de Alberto Camps y María Rosa Pargas

Alberto tenía una gran habilidad manual. Mientras estuvo preso en Trelew tallaba en madera fusiles FAL en miniatura, luego los tiznaba en las estufas. La idea era enseñar su manejo al resto de los compañeros. Era estudiante de bioquímica. En Trelew conoció a María Rosa Pargas, su esposa.
Se comunicaban a través de un agujerito que había en el techo, porque en el piso de arriba estaban las chicas.

Yo participé en la fuga de Trelew, me equivoqué en la interpretación de las señas. Si bien esto no fue determinante, sí uno de los elementos del fracaso parcial. Después caí preso. Siempre me sentí culpable por esta situación. Cuando salí de la cárcel, recibí toda la ayuda y el apoyo de Alberto Camps y María Antonia Berger (2). Ellos comprendieron cómo me podía sentir, por eso siempre me impulsaron, jamás tuvieron una actitud recriminatoria. María Antonia y Alberto eran los que más podrían haber tenido resentimientos, pero no fue así. Ni fue casualidad que terminé viviendo en la casa de Alberto. Fui su responsable y a él le pareció bien. Esto lo pinta como un tipo de una gran integridad.

Viví unos meses en la casa de Alberto, en Lomas de Zamora. Ellos tenían una bebita y un varoncito que fueron recuperados por sus abuelos en un hospital, donde los dejaron los militares. Muchos años después encontré a la hija de Alberto en un homenaje a los caídos en Trelew, intenté conectarme con ella, pero parece que le resulta difícil poder hablar de esto.

Alberto y yo solíamos poner la silla en la puerta, como era costumbre en el barrio. Cierto día, después del golpe, un vecino se acercó para charlar y nos confesó su deseo: “Que hubiera más Montoneros”. Corría el año `77 y con Alberto nos quedamos mudos.

En julio del `77 tuve que viajar a México, para participar en una reunión. Como yo conocía y vivía en la casa de María Rosa y Alberto debía mantener un control diario y telefónico. Una agrupación de discapacitados, gente maravillosa, atendía esos llamados. Nosotros pensábamos que no sabían nada, sin embargo todo lo conocían, razón por la cual muchos fueron secuestrados. Ellos recibían nuestros mensajes en código, por ejemplo que estaba enfermo y no podía ir significaba que había caído.

Ese día tomé un micro que me dejó en Río de Janeiro, pero me había olvidado de llamar a Alberto. Me volví loco de angustia cuando me di cuenta que iba a levantar su casa. Al llegar a Brasil me encontré con un compañero del Sindicato Municipal de Avellaneda, se llamaba Trobato, regresaba al país, por lo que le pedí que llamara por teléfono para avisar que todo estaba bien. Alberto regresó a su casa una semana después, pero ya había sido localizado por otro lado. La ex mujer de Martín Grassi había estado en la vivienda de Alberto y recordaba las ricas facturas que había comido. Así que los servicios de inteligencia la subieron en un helicóptero y reconocieron el lugar a partir de una panadería en la calle Colombres, de esa forma rastrearon la casa. Yo me quería morir, porque si no hubiera llamado, hubieran levantado la casa. Se produjo el enfrentamiento entre Alberto y los militares. Volví en el año `83 al barrio y vi las marcas de los tiros en la pared.

María Rosa era una mujer muy cálida con los chicos. Cuando desapareció Pili, me trajeron a mi hija que tenía un año. Me quedé con ellos un mes más hasta que decidí las cosas que había hablado con mi esposa. A María Rosa la cargaban porque tenía la boca grande y le decían que tenía boca para chupar naranjas. Era una tipa bárbara y yo le tenía una gran confianza, tanta que fue quien llevó a mi hija a la casa de mis padres.

Jorge Lewinger (Compañero de militancia)

1) Jorge Lewinger era miembro de las FAR y el encargado de llevar los camiones al penal, una vez tomado, y trasladar a los presos hacia el Aeropuerto de Trelew para allí secuestrar un avión de Austral e ir a Chile, pero, una mala interpretación de las señales hizo fracasar el plan.
2) Alberto Camps, María Antonia Berger y René Haidar fueron los únicos sobrevivientes de la Masacre de Trelew. María Antonia Berger fue una licenciada en sociología argentina, militante de la organización FAR- Montoneros. Berger fue asesinada en 1979 por las fuerzas armadas y su cuerpo fue exhibido en la ESMA a modo de trofeo y luego desaparecido. René Ricardo Haidar era Ingeniero químico, había sido detenido el 22 de febrero de 1972. Evadió las ráfagas de ametralladoras introduciéndose en su celda, donde fue herido. En la fecha de la masacre tenía 28 años. Secuestrado nuevamente el 18 de diciembre de 1982, permanece desaparecido.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Pedido de perpetua para cuatro marinos acusados

“Cada uno cumplió una función en el plan”

“Se encontraba en curso ya una persecución contra una parte de la población civil” que debe ser considerada como “crímenes de lesa humanidad”, dijeron los abogados. Pidieron la deportación del marino Roberto Bravo, cuya extradición fue negada por Estados Unidos.

 Por Ailín Bullentini

Por considerar que fueron responsables de dieciséis casos de homicidios, tres tentativas y torturas, la querella de los familiares de las víctimas de la Masacre de Trelew pidió prisión perpetua para los marinos retirados Luis Sosa, Emilio Del Real, Rubén Paccagnini y el ex cabo Carlos Marandino, cuatro de los cinco acusados por los fusilamientos sucedidos en esa ciudad el 22 de agosto de 1972. Para Jorge Bautista, quien en la época de los hechos actuó como juez ad hoc de instrucción militar, el equipo jurídico compuesto por las abogadas del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) Carolina Varsky y Daiana Fusca y el chubutense Eduardo Hualpa solicitó la pena de dos años de cárcel por encubridor de los delitos. A más de 40 años de los hechos, los abogados consideraron los crímenes como delitos de lesa humanidad y, por lo tanto, imprescriptibles. “Para el momento en el que se producen los hechos de la causa se encontraba en curso ya una persecución contra una parte de la población civil que por su magnitud, características y sistematicidad, debe ser considerada como suficiente a los fines de tener por acreditado el contexto requerido para la existencia de crímenes de lesa humanidad”, sentenciaron los abogados de la querella ante el Tribunal Oral Federal de Comodoro Rivadavia, que comenzó en mayo de este año, en Rawson, a juzgar la masacre. Además, pidieron la deportación del marino Roberto Bravo, cuya extradición fue denegada por la Justicia de Estados Unidos, donde reside desde 1974, y la investigación del médico Lisandro Lois –quien firmó los certificados de defunción de algunas de las víctimas de los fusilamientos– por “encubridor”.

Varsky concluyó ayer el alegato de la primera querella del juicio, que reclamó la misma pena para cuatro de los cinco acusados: “Todos como coautores funcionales de los delitos de homicidio, tentativa en tres casos, y torturas. Cada uno cumplió una función en el plan de asesinato”, explicó Varsky a este diario.

Según el análisis de los abogados, acorde con las pruebas expuestas en el debate –los testimonios de los testigos que declararon, los de los tres sobrevivientes aportados en diferentes registros y documentos varios–, “está claro que Sosa, Del Real y Marandino dispararon”. A Paccagnini se lo acusa “en base a una autoría mediata: por ser el jefe de la base; por ser el primero en ingresar al lugar de los hechos inmediatamente después de ocurridos los fusilamientos y también como responsable de las torturas que recibieron los presos en la base entre el 16 de agosto –cuando se entregan en el aeropuerto de Trelew tras la fuga trunca– y el 22 y de sus condiciones de detención allí”.

A Bautista lo acusaron de encubridor de los asesinatos y pidieron por ese delito dos años de prisión de cumplimiento efectivo, que es la pena que el Código Penal de aquellos años establece –se toma la pena más benigna–. No obstante apuntaron que su cargo también es de lesa humanidad porque “la imprescriptibilidad de los delitos de lesa humanidad alcanza no sólo a esos hechos per se, sino también a las autoridades del Estado que toleren su perpetuación”, explicó la abogada.

La querella de los familiares de las víctimas había comenzado a fundamentar su pedido el lunes. Esa primera parte del alegato, un repaso detallado de lo ocurrido durante el debate judicial, sirvió para contextualizar los asesinatos, “abrazar” el pedido de condena y otorgarle sentido: “La normativa represiva, las reglamentaciones de las Fuerzas Armadas que seguían los lineamientos de la Doctrina de Seguridad Nacional y las enseñanzas de la Escuela Francesa; la creación de un fuero antisubversivo y el Camarón –la Cámara Nacional en lo Penal, que tenía jurisdicción en todo el país para tratar exclusivamente casos de militantes políticos–, una fuerte represión a la población civil, la práctica sistemática de torturas, detenciones arbitrarias y las primeras desapariciones forzadas de personas”, enumeró en diálogo con Página/12 Varsky.

Ayer, al final del alegato concluyó que “la Masacre de Trelew no fue un hecho aislado, producto de decisiones circunstanciales o de algún descontrol ocasional. Por el contrario, se produce en un marco de pleno desarrollo de un plan general de ataque a un grupo de la población civil, definido en forma genérica como ‘comunistas’, ‘subversivos’, ‘terroristas’”. Según entendió el equipo de letrados, ese plan, “por su magnitud, características y sistematicidad” es razón “suficiente a los fines de tener por acreditado el contexto requerido para la existencia de crímenes de lesa humanidad”.

Según los registros, Bravo reside en Estados Unidos desde 1974. A principios de 2008, el Estado argentino solicitó su extradición en el marco de la investigación de los fusilamientos de Trelew. La corte de Florida la denegó. Ayer, las abogadas del CELS y Hualpa solicitaron al Tribunal su deportación “en tanto quedó acreditado en el juicio que es uno de los autores del plan de asesinar a los militantes y que ni la Justicia militar, con Bautista a cargo de la instrucción militar, ni la Cámara Federal, el Camarón, avanzaron hace 40 años en investigar sobre los responsables de la masacre”.

Por último, el alegato pide que la Justicia investigue a Lisandro Lois, quien fue médico de la base y firmó los certificados de defunción de las víctimas que sobrevivieron en un primer momento al tiroteo, pero que luego mueren –es el caso de Pedro Bonet–. “A esas personas nadie les dio asistencia. Pedimos que se lo investigue por encubrimiento.” Lois fue, años más tarde, jefe de Sanidad de la Escuela de Mecánica de la Armada durante la última dictadura militar.

La mesa de ensayo

 Por Ailín Bullentini

“En palabras del mismo Duhalde (en referencia al ex secretario de Derechos Humanos de la Nación Eduardo Luis), Trelew fue la mesa de ensayo, el prólogo de todo lo que vino después”, mencionó el abogado Martín Rico, quien junto con Germán Kexel comenzó ayer a exponer los alegatos de esa secretaría en el juicio por la Masacre de Trelew ante el Tribunal Oral Federal de Comodoro Rivadavia, tarea que culminará hoy con el pedido de condenas. El razonamiento, que desembocará en la calificación de los fusilamientos como delitos de lesa humanidad, considera que “el plan criminal que imperó durante la última dictadura militar argentina no empieza en 1976. Todas las características de ese plan están presentes en Trelew, no sólo puntualmente el 22 de agosto, sino en las condiciones de detención en la base, en la incomunicación de los presos. Todo es parte de un mismo plan”, resumió Rico

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Masacre de Trelew: Terminó la etapa de testimonios

La voz de las víctimas

En la audiencia de ayer se escuchó un audio de los tres sobrevivientes a los fusilamientos. Declaró el sonidista que lo guardó durante todos estos años. El lunes comenzarán los alegatos. El fallo llegará promediando octubre.

 Por Ailín Bullentini

Con las voces de María Antonia Berger, Alberto Camps y Ricardo Haidar culminó, ayer, el debate judicial por la Masacre de Trelew. El audio, escondido hasta el momento, de una entrevista en la que los tres sobrevivientes de los fusilamientos que la Marina cometió el 22 de agosto de 1972 en la Base Almirante Zar contaron su versión de la historia, fue el último testimonio que el Tribunal Oral Federal de Comodoro Rivadavia escuchará en el marco del juicio que entró en su recta final; lo precedieron una escueta aunque suficiente declaración del sonidista que lo atesoró durante casi cuarenta años y los dichos del perito físico Rodolfo Pregliasco. En diálogo con Página/12, las querellas de los familiares de las 16 víctimas y de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación evaluaron el camino recorrido –más de treinta testimonios en poco más de cuatro meses– y consideraron que “sobran las pruebas” para calificar los hechos como delitos de lesa humanidad. El lunes, las partes acusatorias iniciarán la etapa de alegatos, que se extenderá durante el resto de la semana. El fallo de los jueces llegará promediando octubre.

“Creemos que el bagaje probatorio ha sido completo para contextualizar y probar la lesa humanidad de los delitos investigados, determinar que se trató de fusilamientos ordenados por las altas autoridades de la base, quienes recibieron el mensaje desde las jerarquías militares correspondientes (en referencia al dictador Agustín Lanusse)”, concluyó el representante de la secretaría nacional, Germán Kexel. En representación de las familias, Eduardo Hualpa evaluó que “el impacto más fuerte del proceso fue el hecho de que se pudo discutir, a cuarenta años de estos hechos, la verdad histórica y también la verdad jurídica”.

Muchos de los elementos acumulados durante el juicio son testimonios de familiares de las víctimas, de ex presos políticos y ex conscriptos que permitieron, más que echar por tierra la versión oficial de los hechos –un intento de fuga de parte de los presos políticos–, dar a los asesinatos un contexto de persecución de parte del gobierno de facto que explicaría su intencionalidad concreta.

También se sumaron pruebas nuevas durante el proceso oral que demuestran “la intención de las Fuerzas Armadas de esconder la masacre”, apuntó Kexel. La entrevista en formato audio de los tres sobrevivientes a los fusilamientos, aportada por la cineasta Mariana Arruti –directora del documental que investiga la masacre y testigo en el juicio– y escuchada en la audiencia de ayer se suma a la documentación encontrada en la Armada sobre los juicios civiles que las familias de algunos de los presos políticos asesinados habían iniciado inmediatamente después de los hechos. Además, el TOF aceptó como prueba un CD elaborado por la Unidad Fiscal de Seguimiento de Juicios de Derechos Humanos, que contiene documentos periodísticos que suman a la contextualización histórica de los fusilamientos. “La lucha de los familiares y de los organismos de derechos humanos logró reabrir la historia argentina para cerrar algunas heridas”, concluyó Hualpa. Queda esperar que los jueces dicten las máximas penas.

jueves, 30 de agosto de 2012

"Somos muy pocos los familiares que vivimos, nos sentimos sobrevivientes"

Declararon los hermanos de Ulla y Toschi y la cuñada de Pujadas. En sus testimonios relataron la persecución que sufrieron los familiares de las víctimas de Trelew desde los días posteriores al fusilamiento hasta entrada la dictadura.
 
Familiares de tres de las víctimas de la Masacre de Trelew declararon ayer sobre la persecución que sufrieron por sus vínculos con los 16 presos políticos fusilados en la Base Almirante Zar. “Somos muy pocos los familiares que vivimos. Nos sentimos sobrevivientes”, dijo Julio Cesar Ulla, hermano Jorge Alejandro Ulla, asesinado en la madrugada del 22 de agosto de 1972. Desde las 10 de la mañana, también atestiguaron el hermano de Humberto Toschi y la cuñada de Mariano Pujadas.

Los testigos dieron cuenta de las represalias de la dictadura de Agustín Lanusse luego de la fuga de los presos del penal de Rawson, situación que continuó con la Triple A y con la última dictadura cívico-militar. “Que fuéramos familiares de los detenidos en ese momento ya nos hacía tener una participación política”, explicó Ulla. Durante su testimonio relató la última imagen que tiene de su hermano Jorge en la celda de la Base Almirante Zar, imagen que pudo reconstruir a partir del relato que le hicieron los sobrevivientes, quienes le contaron que escucharon el grito de su hermano que decía “tirá, asesino hijo de puta”.
“Repasé muchas veces esa escena, traté de imaginarla cómo habría recibido ese tiro a quemarropa. Él ya tenía un tiro en el muslo y estoy seguro que intentó pararse para morir de pie, porque él era así, y seguro que tenía una sonrisa”, contó con dolor.
El testigo reconstruyó el momento en que le sacaron fotos al cuerpo de su hermano, que hace unas semanas entregaron a la justicia, y repasó la represión en el entierro y la persecución que sufrió en carne propia luego de la masacre.

Su primera detención fue en el homenaje que se hizo en Córdoba al cumplirse un mes de los fusilamientos: “Me llevaron al D2, donde pasé varios días. Un día me forzaron a ir a mi casa para allanarla, no encontraron nada pero al ver el moisés de mi hijo me dijeron que me despidiera porque no lo iba a ver más. Cuando al otro día me llamaron por mi nombre pensé que ya estaba, pero me entregaron el dinero, el cinto y me liberaron”, detalló. La segunda vez también fue durante un homenaje por Trelew. Esta vez lo llevaron al campo, lo golpearon y le gritaron que empezara a correr. “Salí corriendo y cuando llegué a un campo donde había unos repollos enormes me di vuelta y el celular ya se estaba yendo”, agregó. Ya en 1976, en Santa Fe, nuevamente lo fueron a detener. “Les dije que trabajaba en la cárcel de mujeres. No había celulares así que se fueron y me dijeron que no saliera de la casa hasta que ellos volvieran. No regresaron pero fue la noche más larga de mi vida”, recordó.
Al finalizar su testimonio, Ulla quiso hablarle al tribunal. “Les deseo que tengan un justo y contundente veredicto para cerrar estos delitos y decir Nunca Más”, manifestó y agregó: “Mi presencia aquí es el legado de mi padre, él me dijo que si esto llegaba a la justicia tenía que estar presente y acá estoy con mis cuatro hijos.”

Otra de los testimonios fue el de Eduardo Alberto Toschi, hermano de Humberto Toschi, dirigente del PRT-ERP asesinado en Trelew. El testigo indicó que su familia sufrió más de 19 allanamientos desde la fuga hasta que decidieron exiliarse.

Minutos antes se presentó Ana María Bigi, ex cuñada de Mariano Pujadas, quien relató la represión que sufrió la familia del dirigente de Montoneros, al recordar el secuestro, torturas y asesinato en 1975 de los padres y hermanos de Pujadas, entre ellos Jorge, su ex pareja. “Hubo muchos allanamientos a la granja que tenía la familia en Córdoba pero el 13 de agosto de 1975 se llevaron a la familia y los mataron. Los torturaron a todos y les arrojaron granadas a los cuerpos para despedazarlos. Todos tenían tiros de gracia menos mi suegra, a quien habían matado en la casa. Al día siguiente fui a la granja y estaban los cuatro cajones”, señaló. El hecho fue reivindicado por el Comando Libertadores de América, la versión cordobesa de la Triple A. “Firmaron con las siglas una imagen de Mariano y también tiraron en el inodoro un busto de él”, rememoró. Ella y los hermanos de Pujadas que se habían salvado partieron luego al exilio. “Pujadas era como una mala palabra. A mi mamá y a mi papá los echaron de su trabajo por tener nietos con ese apellido”, finalizó.

Por: Gerardo Aranguren

martes, 28 de agosto de 2012

Masacre de Trelew: semana de testimonios

TRELEW (AV).- Finalizan hoy las declaraciones de los testigos de la acusación y la querella en el juicio por la Masacre ocurrida el 22 de agosto de 1972, en la base Almirante Zar de esta ciudad chubutense. Jueves y viernes, en tanto, comenzarán a dar su testimonio los convocados por las defensas de los cinco imputados, luego habrá una semana de receso y continuarán el lunes siguiente con más testigos.

Se calcula que para el 15 de setiembre ya no habrá más testimoniales, por lo que se podrá establecer la fecha de los alegatos y alrededor de un mes más tarde, tal vez se pueda ya conocer la sentencia contra Luis Sosa, Carlos Marandino, Jorge Bautista, Rubén Paccagnini y Emilio Del Real.

Esta semana, en la reanudación de las audiencias, después de un par de semanas de interrupción, se escuchó el fuerte testimonio de la antropóloga y cineasta, Mariana Arruti, quien pudo contextualizar aquellos episodios de los que acaban de cumplirse 40 años y, a través del relato de las entrevistas realizadas para su film "Trelew: la fuga que fue masacre" y los testimonios recogidos en ese trabajo documental, logró establecer un hilo conductor entre los fusilamientos y las persecuciones y la represión posterior hacia los familiares y allegados a las víctimas.

Uno de los médicos de la Base Almirante Zar, que asistió a las víctimas de la Masacre de Trelew, le impuso algunas condiciones para dejarse entrevistar. "El doctor Talavera me dijo que aceptaba que lo filmara, pero que el tape se lo iba a quedar él. Hoy me arrepiento. Nunca pensé que iba a estar en un juicio para poder contar lo que me habría dicho", dijo Arruti frente al Tribunal Oral Criminal Federal de Comodoro Rivadavia. Talavera falleció al poco tiempo y ese testimonio no pudo ser obtenido. Arruti pudo vincular también la persecución a las familias de dos de las víctimas –los Sabelli y los Capello– y a Daniel Carreras, el periodista que cubrió para la televisión local la entrega en el viejo aeropuerto de Trelew de los presos políticos que se habían fugado del penal de Rawson.

Según explicó el abogado de la Secretaría de los Derechos Humanos, Germán Kexel, el testimonio de Arruti permitió "entablar una conexión directa entre la Masacre de Trelew y las violaciones a los derechos humanos que sucedieron posteriormente en el país, lo cual refuerza mucho la caracterización de los crímenes de 1972 como delitos de lesa humanidad".

Ayer, en tanto, se escucharon las declaraciones de Julio Ulla, hermano de Jorge, quien aportó fotos de su hermano muerto en el féretro que serán un documento clave para la causa y de Ana Bigi, cuñada de Mariano Pujadas. Hoy se aguardan la declaraciones del militar retirado Horacio Ballester y de la historiadora Vera Carnevale, quienes podrán aportar datos sobre el contexto en el que se produjeron esos crímenes considerados delitos de lesa humanidad

Trelew: una testigo cuestionó que los acusados por la masacre sigan libres

Mariana Arruti reveló detalles del trabajo de investigación que realizó para su documental Trelew. La fuga que fue masacre

La documentalista reprodujo el relato que uno de los médicos que llegó poco después del fusilamiento le confió pero que se negó a decir ante las cámaras. Dio cuenta de la persecución que sufrió el periodista que cubrió la toma del aeropuerto.

Cuando ya habían terminado las preguntas del Tribunal Oral Federal de Comodoro Rivadavia, la cineasta Mariana Arruti pidió nuevamente la palabra e hizo un llamado a los jueces: "Me duele como ciudadana que los acusados estén en libertad. Nuestras cárceles están llenas de presos sin condena, ¿cuántos de esos presos tienen en sus espaldas la acusación de 16 homicidios?", se preguntó.
 
Arruti declaró ayer como testigo en el juicio que se sigue en Chubut por la denominada Masacre de Trelew, ocurrida el 22 de agosto de 1972. Fue citada por la querella como directora del documental Trelew. La fuga que fue masacre, que reconstruyó la fuga del penal de Rawson y el fusilamiento de 16 presos políticos en los calabozos de la Base Almirante Zar.
 
La mayoría de los imputados, entre ellos Luis Emilio Sosa, Rubén Paccagnini, Emilio del Real y Enrique Bautista -quienes tal como señaló la testigo están todos en libertad- siguieron desde el Consejo de la Magistratura la declaración de Arruti, que comenzó cerca de las 16. El único acusado que permanece en Chubut, detenido, es Carlos Marandino.
Durante su testimonio, la cineasta repasó el proceso para la creación del documental, las entrevistas a familiares de las víctimas y las dificultades para acceder a fuentes de la Armada que habían participado de los hechos.
 
Recordó su encuentro con uno de los médicos que llegó a la Base minutos después de la masacre, quien se negó a ser grabado para la película. "Queríamos entrevistar a personas que habían estado durante el hecho y contactamos al médico Talavera. Me contó que no estaba en el lugar durante el hecho pero que accedió inmediatamente y había encontrado mucha sangre. Después dijo algo que no olvidaré nunca, que (Carlos Alberto) Astudillo estaba girando como la aguja de un reloj tirado entre las celdas. Se estaba muriendo en el piso", recordó Arruti, quien lamentó no haber podido grabar a Talavera como aporte a la justicia: "Accedió a hablar pero si se quedaba con la cinta. No acepté y ahora me arrepiento porque podría haber sido útil para el juicio, pero en ese momento no imaginábamos que iba a llegar este momento."
 
En su intento por conseguir fuentes oficiales de la Armada, la cineasta se reunió con el entonces jefe de la fuerza, Jorge Godoy, a quien describió con traje de gala, "muy tenso y apurado para irse". "Nos dijo que no tenían contacto con los responsables ni existía documentación sobre la masacre. Me repitió varias veces que Trelew era un tema sensible para la Marina. Después en 2006 supimos que seguía siendo sensible porque nuestro equipo de rodaje había sido observado por la inteligencia de la Marina", sostuvo, en referencia a la causa por espionaje ilegal en la que está procesado el ex jefe de la Armada.
Ante la pregunta de una de las querella sobre material que no incluyó en la película y que podría ser útil para la causa, la directora puso a disposición del TOF la entrevista completa al fallecido periodista Daniel Carreras, el único cronista televisivo que cubrió la toma del Aeropuerto de Trelew para el Canal 3 y que entrevistó a los líderes guerrilleros. Arruti recordó que en 1976, cuando Carreras ya vivía en el Conurbano Bonaerense, el periodista fue secuestrado por un grupo de tareas que lo llevó a Campo de Mayo, donde fue ferozmente torturado. Lo acusaban de haber participado en la fuga, ya que había conservado en su casa varias fotos de los militantes que habían realizado la toma del aeropuerto.

Por: Gerardo Aranguren

martes, 21 de agosto de 2012

Actos 40 años sin olvidos

El acto central por el 40 aniversario será a las 16 en el Centro Cultural por la Memoria, ex aeropuerto de Trelew.

El 22 de agosto de 1972 fueron fusilados en la base Almirante Zar 16 presos políticos: Carlos Heriberto Astudillo (FAR); Carlos Alberto Del Rey (ERP); José Ricardo Mena (ERP); Humberto Segundo Suárez (ERP); Rubén Pedro Bonet (PRT); Alfredo Elías Kohon (FAR);

Miguel Angel Polti (ERP); Humberto Toschi (ERP); Eduardo Capello (ERP); Clarisa Rosa Laplace (FAR); Mariano Pujadas (ERP); Jorge Ulla (PRT); Mario Delfino (PRT).

También, Susana Graciela Lesgart (Montoneros); María Angélica Sabelli (Montoneros) y Ana María Villareal de Santucho (ERP).

Sobrevivieron Ricardo Haidar (Montoneros); Alberto Miguel Camps (FAR) y María Antonia Berger (FAR), quienes fueron víctimas de la última dictadura militar.

 Por la masacre están siendo juzgados Rubén Norberto Paccagnini, ex jefe de la base Almirante Zar; Luis Emilio Sosa, que en esa época era capitán de corbeta y segundo al mando del Batallón de Infantería número 4; Emilio Jorge Del Real, quien tenía el grado de capitán; Carlos Amadeo Marandino, quien era cabo y Jorge Enrique Bautista, juez de instrucción militar que estuvo a cargo de la investigación y está acusado de encubrimiento.

El 15 de agosto se inició un intento de fuga de la cárcel de Rawson, cuando dos grupos integrantes del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y Montoneros organizaron la fuga, mientras que el jefe del operativo fue Mario Roberto Santucho, líder del ERP.
Santucho, junto a Fernando Vaca Narvaja, Roberto Quieto, Enrique Gorriarán Merlo y Domingo Menna integraban el comité de fuga,  pudieron huir en un automóvil que los esperaba frente al penal y trasladarse al aeropuerto de Trelew para abordar una aeronave de la empresa Austral secuestrada por un comando guerrillero.

El resto de los vehículos que debían trasladar a los otros contingentes no se presentaron frente a la prisión por una confusión de señales.
 
Otro grupo logró arribar en vehículos de alquiler -que habían sido llamados por los detenidos desde el penal haciéndose pasar por pasajeros habituales- pero llegó cuando el avión partía rumbo a Chile.


Este grupo se rindió ante los efectivos militares que habían llegado al aeropuerto comandados por el capitán Luis Emilio Sosa y fue trasladado a la base Almirante Zar.

 La fuga asestó un duro golpe a la dictadura de Lanusse, en tanto que personalidades de la política exigieron al gobierno de facto que garantizara la vida de los presos políticos.

En la madrugada del 22 de agosto los detenidos fueron ametrallados en sus celdas por una patrulla al mando del capitán Sosa y del teniente Roberto Bravo.

La versión oficial de la dictadura fue "nuevo intento de fuga", pero los tres sobrevivientes, tiempo después, contaron la verdad de los hechos: indefensos, los detenidos habían sido masacrados.

A 40 años de la masacre de Trelew

 A 40 años del fusilamiento de 16 presos políticos en la Base Almirante Zar, el 22 de agosto de 1972
Las claves de la pericia que desmiente la "versión oficial" de la Masacre de Trelew
Una investigación del Centro Atómico Bariloche que fue incorporada a la causa desmiente la explicación de la dictadura de Agustín Lanusse de un ataque e intento de fuga. El físico que dirigió el estudio declarará en septiembre.

Por: Gerardo Aranguren

Al cumplirse 40 años de la Masacre de Trelew, los acusados que están siendo juzgados por el fusilamiento de 16 presos políticos en la Base Almirante Zar en la madrugada del 22 de agosto de 1972 todavía sostienen como defensa la explicación difundida por la dictadura de Agustín Lanusse: que hubo un intento de fuga, que Mario Pujadas atacó al capitán Luis Sosa y que los guardias reaccionaron y masacraron a todos los detenidos. A pedido de la justicia, una pericia realizada por el Centro Atómico Bariloche reconstruyó cuatro décadas después la zona de las celdas y dio por tierra con la versión oficial de la Armada.

El estudio, realizado en 2008 e incorporado a la causa, estuvo a cargo del físico forense Rodolfo Pregliasco, quien trabajó en casos como la masacre de Avellaneda, el asesinato de Teresa Rodríguez y la desaparición de Miguel Bru, y declarará como testigo el próximo 11 de septiembre. La pericia significó un respaldo científico de la prueba testimonial de conscriptos, marinos y de los tres sobrevivientes para desmentir la explicación de la Armada y confirmar que se trató de un fusilamiento y que muchos fueron rematados, como lo declararon María Antonia Berger, Alberto Miguel Camps y Ricardo René Haidar.
Con un trabajo arqueológico sobre las paredes, pisos, techos y puertas originales que todavía permanecen en la Base Almirante Zar de Trelew, Pregliasco logró reconstruir el ala Oeste y las diez celdas donde fueron alojados los 19 presos luego de fugarse del Penal de Rawson. Para eso pasó con sus colaboradores un mes completo en el lugar y debió diseñar experimentos específicos para las necesidades que tenía la justicia de obtener alguna referencia material sobre lo que pasó. “Nos parece importante porque es una aproximación técnica a lo que han declarado tanto los sobrevivientes en posterioridad a los hechos como algunos marinos que participaron de la reconstrucción. Viene a dar la apoyatura científica a esos dichos y es coherente con el abundante plexo probatorio que confirma cómo sucedieron los hechos, distinto a lo que sostienen las defensas”, explicó a Tiempo Argentino Germán Kexel, abogado querellante por la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación en el juicio por la Masacre de Trelew, que comenzó en mayo y que pronto ingresará en los alegatos. 
 
La primera etapa del trabajo del Grupo de Física Forense fue la reconstrucción de ala Oeste de la Base, escenario de la Masacre. Esto comenzó con el estudio de las capas de pintura que, como los anillos de un árbol, sirven para leer las épocas en las que hubo modificaciones o reconstrucciones. Además de la pintura, trabajaron también sobre los relieves de paredes y techos que a simple vista no se detectan y que permiten conocer si hubo reformas o una pared fue quitada, como es el caso de los calabozos.
Con la información obtenida, Pregliasco y su equipo lograron darle forma a un plano exacto de las dimensiones de la Base, que les permitió determinar el lugar preciso donde debían estar los detenidos, guardias y la orientación de los disparos a las 3:30 del 22 de agosto de 1972.   

La segunda etapa de los trabajos consistió en el análisis a través de rayos gamma (similar a una radiografía) de la pared del final de pasillo de las celdas, donde deberían haber impactado las balas de las armas automáticas de los guardias que masacraron a los detenidos.

Si bien las gamagrafías no detectaron rastros de balas alojadas en la pared, permitieron sacar conclusiones determinantes sobre lo que sucedió esa noche. Descubrieron que en la época de los hechos, la pared había sido “picada hasta el ladrillo y reemplazada con material nuevo” desde el piso hasta 1,6 metros de altura, señala la pericia. Y agrega: “Si la reparación fue realizada para eliminar los rastros de balas, la forma irregular responde al afán de incluir todos los impactos de la pared. Podemos concluir que, en este caso, los disparos en la pared no llegaban hasta una altura de 1,6 m del piso.”
Si bien parece un dato accesorio, la altura en la que fue realizada la refacción indica que los guardias estaban apuntando hacia sus blancos y afirmados, ya que de otro modo las armas automáticas se hubiesen disparado hacia arriba, lo que descarta una reacción intempestiva o nerviosa de quienes apretaron los gatillos.
Por último, los peritos se volcaron a tratar de determinar la veracidad de las fotos de la Revista Así, que pocas horas después de la masacre ingresó al lugar y fotografió la escena. Las tomas no fueron en la dirección de los calabozos por lo que no hubo imágenes de las balas que asesinaron a los 16 detenidos, pero sí del lado opuesto para mostrar lo que, según la versión de la Armada, serían los disparos que realizó Pujadas luego de atacar al capitán Sosa y sacarle el arma. En la foto se pueden ver tres marcas de disparos y en el epígrafe se señala que serían los “orificios producidos por los disparos de Pujadas”.
Luego de 40 años, Pregliasco halló uno de los orificios en la puerta y pudo determinar la dirección desde donde se debería haber realizado el disparo y la distancia máxima a la que podría haber estado el tirador. A partir de esa información pudo concluir que el ángulo de disparo no corresponde con la ubicación que habría tenido Pujadas, según la declaración de los marinos.
A días de un nuevo aniversario y con el juicio por la Masacre ya avanzado, los acusados siguen sosteniendo la versión que difundiera la Armada en 1972. La única excepción fue Jorge Bautista, imputado por el encubrimiento de los hechos, ya que estuvo a cargo de la investigación militar de los hechos, quien declaró durante un reconocimiento judicial de la base que “no hubo un tiroteo” ya que “no hubo tiros de los dos lados”.  «

Lo que dijo la Armada


Aunque con el paso de los días la dictadura encabezada por Agustín Lanusse fue modificando detalles sobre los hechos que ocurrieron el 22 de agosto de 1972, el jefe del Estado mayor conjunto, el contralmirante Hermes Quijada, fue el encargado de transmitir por cadena nacional en radio y televisión el informe oficial tres días después de ocurrida la masacre.
"Con el objetivo de realizar el control previsto para esa hora (3:30), el jefe de turno (Sosa) recorrió el pasillo hasta el fondo y, a su regreso, cuando llegaba al extremo de salida del mismo, fue tomado por Pujadas del cuello, al tiempo que le quitaba su arma automática. Es de hacer notar que estando (Mario) Pujadas en ese extremo del pasillo (era el primero), al tomar contra su cuerpo al jefe de turno, prácticamente cubría tras de sí al resto de los reclusos. Instantáneamente y con gran destreza, Pujadas (que era especialista en karate) dispara contra uno de los tres guardias, pegando su primer impacto muy próximo a la cabeza de uno de ellos", comenzó a leer el marino el 25 de agosto de 1972.
"A pesar del rehén, se cumplen las claras órdenes existentes de que se tirara aun en esas circunstancias, por lo que uno de los guardias abre el fuego a tiempo que los detenidos aprovechan el cubrimiento para avanzar sobre los guardias. A pesar de ello, Pujadas rápidamente efectúa otro disparo que tampoco dio en el blanco, dificultado por el forcejeo que mantenía el oficial para zafarse. Dicho disparo pasó muy cerca de la cadera de uno de los guardias y se incrustó en una puerta. El oficial logra zafarse de Pujadas y hace cuerpo a tierra. La acción de las armas no se hace esperar contra los reclusos agrupados y en tren de fuga. Cuando cesa el fuego, se comprueba que 13 de los detenidos están muertos, mientras que los seis restantes quedan heridos", concluyó Quijada al dar cuenta de la versión oficial.
 
"lo tomé como un desafío, una aventura intelectual"


“Cuando el juez me cuenta lo que necesita no me imaginé cómo hacerlo, la base había sido alterada tras 35 años y no tenía ninguna expectativa. Por eso lo tomé como un desafío, una aventura intelectual”, cuenta Rodolfo Pregliasco, director del Grupo de Física Forense del Centro Atómico Bariloche, la única entidad que desde el Estado se dedica a realizar investigaciones forenses.
Para el trabajo, Pregliasco y su equipo viajaron tres veces a Trelew y permanecieron un mes completo en ese lugar reconstruyendo la matanza. Recordó la "carga emocional" de haber vivido cuatro semanas en la base trabajando sobre un caso "que marcó a una generación".
Al momento de comenzar esta investigación, el Grupo de Física Forense ya contaba con credenciales importantes y antecedentes de casos de represión estatal. Participaron en la reconstrucción de la Masacre de Avellaneda donde fueron asesinados Darío Santillán y Maximiliano Kosteki, y en el asesinato de Teresa Rodríguez. En ambos casos utilizaron una técnica creada especialmente para la investigación, que les permitió determinar a través del audio de videos desde donde proviene un disparo.
El grupo de física forense también estudió las imágenes y videos de la represión del 19 y 20 de diciembre de 2001 por pedido de la justicia e intervino en el caso de la desaparición de Miguel Bru en La Plata. Allí lograron probar el paso del joven estudiante por la Comisaría 9ª de esa localidad al reconstruir el libro de ingresos que había sido borrado y tachado.

Las pruebas del estudio


Tiempo accedió al documento en el que el Grupo de Física Forense expone sus conclusiones. Se destaca el análisis realizado a una puerta, fotografiada tras la masacre por la revista Así, que recibió impactos de bala que la Armada atribuyó a Pujadas. El Grupo de Física Forense encontró la misma puerta, levantó la pintura y descubrió una reparación con enduido en uno de los orificios. Determinó que esa reparación fue realizada en la misma época en que se reparó la pared del fondo del pasillo donde fueron fusiladas las víctimas, la posición del tirador y que el disparo fue realizado de arriba hacia abajo. Todos estos datos desmienten las declaraciones de los marinos sobre la posición que habría tenido Pujadas.

Fuente: Tiempo Argentino

domingo, 19 de agosto de 2012

Las puertas que se van abriendo

Al cumplirse cuarenta años de la Masacre de Trelew y en el contexto de un juicio considerado histórico, Adriana Cappelletti, Ilda Bonardi y Luisa González, viudas de los militantes fusilados el 22 de agosto de 1972, y Alicia Lesgart, prima de otra de las fusiladas, Susana Lesgart, permanecerán en esa ciudad patagónica hasta el miércoles próximo para transmitir sus vivencias y sostener la memoria en actividades culturales, charlas en las escuelas y actos políticos, y “para que nunca más la Justicia demore las condenas”.
Por Sonia Tessa

DE DER. A IZQ.: ALICIA LESGART, ADRIANA CAPPELLETTI Y LUISA GONZALEZ. (Imagen: Andrés Macera)

En la madrugada del 22 de agosto de 1972, Adriana Cappelletti tuvo un sueño que sintió como pesadilla: soñó que se le caía un mate y se agujereaba. Se despertó angustiada, y descubrió que se le había roto una muela. Supo que era un signo: había pasado algo malo. Tenía 23 años, vivía en la clandestinidad en la ciudad de Santa Fe, era militante del Partido Revolucionario de los Trabajadores y esposa de Alberto del Rey, preso en la cárcel de Rawson hasta el 15 de agosto y retenido en la base Almirante Zar tras haber participado de la fuga que una semana antes había conmovido al país. Adriana supo muy pronto qué era lo que había pasado: a primera hora de la mañana, las radios informaban sobre la Masacre de Trelew, en la que habían fusilado a 16 militantes, entre ellos su marido. Estaba recién casada. No pudo velar a su amado. Su única presencia en la despedida fue una bufanda roja que había tejido para que le llevaran a la cárcel. Sobre el féretro de Alberto, esa prenda y la bandera del Ejército Revolucionario del Pueblo fundían una identidad. Pasaron 40 años para que aquel crimen llegara a juicio oral y público. Adriana todavía llora a su compañero, lo recuerda como si estuviera allí, congelado en sus 23 años.

Adriana es querellante, pero no será testigo en el juicio. En cambio, Ilda Bonardi, viuda del cordobés Humberto Toschi, sí se sentó frente al Tribunal el 4 de junio pasado para contar lo que sabía. Ella también estaba en la clandestinidad en el momento de la masacre, había vivido en Trelew desde abril de 1972 hasta el 13 de agosto, porque fue una de las que colaboró en la preparación de la fuga desde afuera del penal y debía dejar la ciudad antes de la fecha señalada. Frente a los jueces Enrique Guanziroli, Pedro De Diego y Nora Cabrera de Monella, Ilda llevó dos documentos hasta entonces desconocidos: la escritura pública que el hermano de Humberto hizo confeccionar cuando llegaron los féretros y que ocultó durante 40 años, y también las fotografías que Julio Ulla sacó del cadáver de su hermano Jorge Alejandro, otro de los fusilados, también santafesino. El tampoco la había mostrado durante estas décadas. “Estamos hablando de dos hermanos, que tuvieron esa documentación guardada durante tantos años. Cómo se va abriendo esta historia a partir del juicio es algo increíble”, subraya Ilda.

Adriana refuerza esa idea. “Con el juicio, después de 40 años, se comienzan a abrir puertas. Hay mucha gente que decide decir o mostrar lo que sabe. Es algo paradigmático: cómo la posibilidad de enjuiciar la masacre hace que muchas personas puedan contar lo que saben, hasta anónimamente hacen llegar documentos”, dice y subraya que el proceso oral y público está iluminando “más de lo que sabemos, de lo que tenemos la posibilidad de saber, que la gente se empiece a abrir es también una forma de sanar”.
El juicio comenzó el 7 de mayo pasado. Luis Sosa, Emilio Del Real, Rubén Paccagnini y Carlos Morandino están acusados de homicidio doblemente agravado en 16 casos y en grado de tentativa en otros tres casos. En cambio, dos eludieron estar en el banquillo de los acusados. Uno es el almirante Horacio Mayorga, ya que el Cuerpo de Medicina Forense consideró que por razones de salud mental no está en condiciones de defenderse en juicio, y el otro, el capitán Roberto Bravo, cuya extradición fue negada por Estados Unidos, país donde reside.

Adriana es rosarina, como lo era Del Rey. El estudiaba Ingeniería química y ella Letras, pero debió interrumpir sus estudios en plena represión. Fue presa política desde 1975 a 1982. Pudo recibirse muchos años después. Ahora, vive cerca de Rosario, en San Nicolás, y se emociona al recordar la historia. “Para mí, Alberto era un hombre del futuro”, dice Adriana sobre aquél que la enamoró en la escuela secundaria, y del que todavía parece prendada. “Los compañeros eran especiales, comunicativos, cariñosos. Tenían una especie de don. Ellos hablaban mucho con los familiares, y de alguna manera los convencían. Mis padres estaban encantados con él, y cuando lo encarcelaron formaron parte de la Comisión de Familiares de Presos Políticos, Estudiantiles y Gremiales (Cofappeg), que tanto hizo para visitarlos en la cárcel”, relata Adriana. En 1971, cuando encarcelaron a Alberto, ella pasó inmediatamente a la clandestinidad y se fue a la ciudad de Santa Fe. Aunque no pudo estar en el velatorio de su marido, sí participó de las marchas que se hacían en esa ciudad para repudiar la masacre. “Lo que veíamos era que salía la gente, no eran los militantes ni los organizados. Fueron marchas increíbles, parecía que todos los conocían, hablaban de ellos”, recuerda aquellos días de 1972.

Militantes del ERP junto a sus compañeros, Adriana e Ilda sabían de clandestinidad y de lucha. Ponían el cuerpo como tantas otras mujeres en aquella época. “De mi compañero, lo esencial es la historia de amor, porque lo demás fue la vida que elegimos”, desliza Adriana en algún momento. Ilda parece más dura, habla de las tareas que realizó en Rawson y Trelew en aquellos días sin sosiego. “Siempre se quiso hacer creer que Trelew era un pueblito perdido en la estepa patagónica, pero no fue así. Cuando los presos llegaron, había huelgas de trabajadores de distintas ramas, las ciudades estaban convulsionadas como todas en la Argentina después del Cordobazo, y hubo una solidaridad política muy fuerte de la población con los presos políticos. Se armó una comisión de apoderados, que se ocupaban de cada detenido, y recibían a los familiares cuando iban, porque no paraban en hoteles sino en casas de familia. La dictadura de Lanusse tuvo la intención de aislarlos, pero no lo pudieron conseguir”, dice de un tirón. Por eso –cree Ilda–, para los habitantes de Trelew el juicio es también una reivindicación histórica. “Seguimos sintiendo la dedicación como si hubiera sido ayer, porque los pobladores de Trelew defendieron a nuestros compañeros, y lo pagaron muy caro. Muchos fueron asesinados o desaparecidos”, dice Ilda sobre esa ciudad a la que volvió en junio, para dar testimonio, y en la que permanece esta semana, para los actos conmemorativos. Ilda es rosarina, pero vivió años en Córdoba. En 1973 volvió a su ciudad, para escapar de la persecución política.

La vivencia de Luisa González fue diferente en 1972, y siguió siéndolo siempre. Ella conoció a Mario Delfino en su propia casa, cuando él fue a entrevistarse con Félix Prieto, su cuñado, también del Partido Revolucionario de los Trabajadores. “Nos enamoramos y yo también hice algún tipo de militancia cuando todavía era el PRT”, recuerda ahora, mientras la emoción amenaza una y otra vez con estrangularle la voz. Se casaron el 2 de octubre de 1967, y el 15 de septiembre del año siguiente nació su hijo, Marco Emiliano Delfino. “Es difícil decir algunas cosas que hacen a mi historia, es lo que me planteé toda la vida”, se justifica antes de avanzar en el relato de sus encuentros y desencuentros. “En 1969 nació el ERP y la propuesta de Mario fue pasar a la clandestinidad. Yo no acepté, pero no me desconecté. Hasta principios del ’70, cuando él fue tomado preso, yo vivía con mi mamá pero nos veíamos. No fue una separación con motivo de tomar dos caminos distintos, que durante muchos años fue mi contradicción”, dice Luisa, como si aquellas dudas siguieran carcomiéndola. Mientras Delfino estuvo preso en las cárceles de Rosario y de Coronda, ella y el niño lo visitaron. “Con los otros presos, él le hizo un karting y una cajita de madera”, recuerda. Sobre el final de la entrevista, leerá casi sin aliento una poesía de Marco dedicada a su padre. “Hoy volví a sentir la gran muralla de la soledad”, comienza el texto del joven, que reclama un padre como los demás. Luisa dirá: “Me quedó incompleta una parte de mi vida”.

En Ilda, el tono es diferente. Cuenta que su hijo Sebastián, nacido el 13 de enero de 1972, visitó varias veces a su padre, primero en Devoto y luego en Rawson. “Ibamos dos veces por semana. Los jueves lo llevaba a la mañana temprano, y se quedaba con su papá y con los otros compañeros”, recuerda casi con una sonrisa, orgullosa de que su hijo “haya conocido al padre”.

Entre abril y agosto de 1972, la actividad de Ilda en Trelew fue intensa. Como integrante de la Cofappeg participó en la reunión con Alejandro Agustín Lanusse, en la que pidieron garantías constitucionales para los presos. En ese encuentro, el dictador aseguró que “si pudiera pararía la tortura”, en un explícito reconocimiento de los apremios ilegales.

Alicia Lesgart es la prima de Susana Lesgart, otra de las fusiladas, que era pareja de Fernando Vaca Narvaja. Se emociona al recordar el reciente relato de Fernando sobre el momento de la despedida, la noche de la fuga. Fernando pudo escapar. Alicia quiere reivindicar a su familia, residentes en Córdoba. “Eran cinco hermanos, una familia maravillosa, estudiaban música, danza. A Susana la fusilaron en Trelew y a su hermana, Adriana, la secuestraron en 1979, durante la contraofensiva. Está desaparecida, como Rogelio y Mariela (María Amelia, en realidad, pero la familia le decía así), secuestrados en abril de 1976. La única sobreviviente de los hermanos, Liliana, se exilió en París, donde hizo un gran trabajo militante para denunciar la situación de desaparecidos y presos políticos en Argentina”, relata.

Cuatro décadas después, Ilda sigue considerando que aquella fuga fue exitosa, porque permitió la salida de seis militantes –Santucho, Osatinsky, Vaca Narvaja, Menna, Gorriarán Merlo y Quieto– a Chile. Lo ocurrido posteriormente lo atribuye, en parte, al descreimiento de los que colaboraban desde afuera sobre el éxito de la operación. Una semana después, los 19 presos que no habían logrado fugarse y se habían rendido para ser trasladados a la base Almirante Zar, fueron fusilados. Tres sobrevivieron: María Antonia Berger, Ricardo René Haidar y Alberto Camps. Presos políticos en la cárcel de Devoto, en la madrugada previa a la asunción de Héctor J. Cámpora, los tres fueron entrevistados por Francisco “Paco” Urondo. El libro se llamó Trelew, la patria fusilada. Los cuatro, entrevistador y entrevistados, están desaparecidos.

“Nosotros siempre reivindicamos que lo de Trelew fue la génesis de la represión que vino después. A tal punto que, en las últimas declaraciones, Videla admitió que consideraban mejor que desaparecieran, porque fusilar a los militantes traía muchos problemas”, puntualiza Ilda. Para Alicia Lesgart, militante incansable por los derechos humanos desde la última dictadura, se trató del “puntapié inicial, el ensayo de lo que vino después”. Adriana agrega que “la Masacre de Trelew, a partir de 1973, trató de sepultarse, de confinarse al olvido. Y a partir de 1976 sentí siempre que la última dictadura fue de un grado de salvajismo, una organización tan macabra de exterminio, que cuando vino la democracia era lo primero por investigar y juzgar. Trelew no era casi nada”.

En 2005, un grupo de familiares entre los que estaba Alicia Lesgart fueron convocados por iniciativa de Néstor Kirchner, con la intención de reabrir la causa. “Los que viajamos fuimos un puñadito. Hicimos una reunión con Eduardo Luis Duhalde, a quien quisiera reivindicar por su acompañamiento permanente, desde el mismo momento de la masacre. En aquella reunión de 2005, Duhalde nos comunicó que el Presidente había decidido reimpulsar la reapertura de la causa”, relata Alicia, deseosa de contar una anécdota curiosa de aquella reunión. “Desde la Comisión de Derechos Humanos del Concejo Municipal de Rosario nos habían retaceado la adhesión, pero en aquel entonces había un concejal, Agustín Rossi, que nos hizo llegar su apoyo. Me acuerdo como si fuera hoy que Duhalde me preguntó quién era Rossi y yo le conté que era un compañero, un concejal del Frente Grande.

Siempre se lo quise decir al Chivo”, dice entre risas sobre el actual presidente del bloque de diputados nacionales del Frente para la Victoria. El juicio empezó este año, cuando se cumplen las cuatro décadas de aquel 22 de agosto. Mientras tanto, y sin audiencias porque así lo decidió el Tribunal, desde el 15 hasta el 22 habrá en la ciudad patagónica actos políticos, charlas en las escuelas y actividades culturales. Allá está Ilda, allá irá Adriana y también Alicia. “Este juicio es histórico, por lo que fue pero más por lo que viene. Sostenido por la memoria durante 40 años, debe servir para que nunca más la sociedad, el poder político y cada uno de nosotros retrase ningún juicio, porque cuando la Justicia demora la condena, provoca daños irreparables”. Las palabras fueron escritas por Adriana, movilizada por la entrevista. Para ella, la masacre es un dolor que persiste.

Publicado por : http://colectivoepprosario.blogspot.com.es/

domingo, 12 de agosto de 2012

La sentencia será en octubre


Enrique Guanziroli dijo que sólo un incidente procesal fuera de lo común podría interrumpir el buen ritmo de las audiencias y que “octubre es un mes adecuado” para el fallo. Se vieron los films “Trelew” y “Ni olvido ni perdón”.

Por Rolando Tobarez

Parado entre las butacas del Cine Teatro “José Hernández” de Rawson y rodeado por 150 estudiantes secundarios, el juez Enrique Guanziroli confirmó que la esperada sentencia por la Masacre de Trelew se conocerá en octubre. Sólo algún incidente procesal fuera de lo común haría que esta predicción no se cumpla, ya que es lo único que interrumpiría el buen ritmo que tiene el proceso.

Jueces, fiscales, querellantes y defensores compartieron ayer el recinto con los chicos de las escuelas para la proyección de dos películas: los documentales “Trelew” y “Ni olvido ni perdón”, dos cintas que repasan los hechos de la semana de agosto de 1972. La presencia de los adolescentes fue respuesta a una convocatoria oficial, con la idea de que las nuevas generaciones se empapen de parte de la historia argentina que se juzga.
Informal, sin saco ni corbata, el presidente del Tribunal Oral Federal de Comodoro Rivadavia admitió: “Calculo que el fallo tendría que ser en octubre ya que estamos desarrollando un ritmo razonable”. Según el cronograma oficial sólo restan 13 testigos y una inspección a la Base Almirante Zar, escenario de los 19 fusilamientos que se juzgan.

“Todo esto que se ve ahora después hay que procesarlo intelectual y emocionalmente, no sólo los jueces sino que también las partes deben producirse primero –añadió el magistrado-. Es un ritmo razonable de desenvolvimiento de la audiencia de debate”.

Lo que vendrá después de los testigos ya no depende del tribunal: será el turno de los alegatos. “Esa parte tiene otro ritmo: el que producen las partes; luego de que aleguen fiscales y querellantes hay que dar plazo para que aleguen los defensores y es un imponderable que el tribunal nunca maneja”. Aún así, Guanziroli insistió con que “razonablemente, por cómo se están llevando a cabo las audiencias creo que octubre es un mes adecuado, salvo que surjan algunos otros elementos de estas pruebas que estamos viendo”.

Algunos testimonios de las dos películas que se vieron ayer no fueron dichos ante un juez o sus protagonistas ya murieron como para ser convocados. Por eso el valor probatorio de ambos documentales es relativo y dependerá de la interpretación que les dé el tribunal. Sin embargo, Guanziroli explicó que “su valor es interesante porque engarza con un montón de prueba que hemos visto en el curso de estas audiencias. Se agregan visiones de las personas que nosotros no tuvimos antes porque pasó mucho tiempo y después hubo secuelas”. En este sentido consideró que los films “son un elemento de juicio interesante pero no me quiero apresurar a la ponderación que harán primero las partes y al final nosotros”.

De todas formas, el presidente del tribunal aseguró que “el 90 por ciento” de los testimonios de las películas están incorporados a la causa. “Tienen algunas variaciones, cosa que es razonable a 40 años de antigüedad de un hecho, pero diría que esas variaciones no fueron muy notables”.
Guanziroli recordó que incluso hay registros que constan en el expediente pero no en las películas sobre el 22 de agosto del ´72. “Hay fotos de las cuales nos enteramos recién en el debate y también se incorporaron. En ese sentido el tribunal siempre es muy amplio en la incorporación de pruebas ya que después vendrá la evaluación de las partes primero y de los jueces al final”.

En cuanto a la presencia de los estudiantes, el magistrado comodorense explicó que “la experiencia que tiene este tribunal es que las audiencias orales y públicas son sumamente formativas en civilidad”. Junto con Pedro de Diego y Nora Cabrera de Monella -los jueces que lo acompañan- “hemos interpretado desde hace mucho, diría que hace más de 20 años, desde que funciona el tribunal, que los estudiantes pueden asistir en tanto estén acompañados por profesores que puedan ilustrar y explicarles o por sus padres”.

En este sentido, “luego de la presencia de los chicos en algunos juicios, los profesores les tomaban evaluaciones y eran mucho más positivas de lo que uno pueda pensar. Eso nos alentó a seguir en un camino en el cual este tribunal fue pionero en Argentina”

martes, 31 de julio de 2012

Un testimonio impactante en la Masacre de Trelew

Esa madrugada de agosto Agustín Magallanes se despertó por lo que describió como interminables ráfagas de metralleta.
“Al fondo del pasillo había sangre, algunos se arrastraban y se escuchaban quejidos de dolor”, relató Magallanes.
Por Rolando Tobarez

Despierto a la fuerza, la madrugada del 22 de agosto del ´72 Agustín Magallanes vio un grupo de oficiales discutiendo a los gritos en la entrada de los calabozos de la Base Almirante Zar. Aprovechó para colarse por el pasillo angosto y quedó mudo. “Vi los cuerpos amontonados tirados en el piso de la entrada, los detenidos inmóviles uno encima del otro, acribillados, hechos un colador de tiros. Al fondo del pasillo había sangre, algunos se arrastraban y se escuchaban quejidos de dolor”.

Antes se encontró a su jefe, el teniente Roberto Bravo, que prendía un cigarrillo sentado en un banco largo, ya fuera de la zona de los presos muertos. Habían pasado apenas minutos de los disparos. No se llevaba para nada bien con Magallanes. “Le pregunté qué había pasado y me contestó una incoherencia: Acá se termina mi carrera, me dijo. Luego me maltrató y me echó. Para mí fue una cosa impactante y traumática que me afectó”.

El testigo declaró ayer en el juicio por la Masacre de Trelew. Fueron 3 horas y media en el Cine Teatro “José Hernández” de Rawson con detalles clave para la causa. En agosto del ´72 era oficial de la Infantería de Marina y uno de sus superiores era el capitán Luis Emilio Sosa. La madrugada del 22 Magallanes dormía a pocos metros del lugar. Lo despertaron las ráfagas. “Fueron muchísimos tiros de secuencias muy largas, lo cual no era habitual porque lo que se aconseja son ráfagas cortas e interrumpidas. Era como si se hubiesen prendido al disparador de la ametralladora y no que a alguien se le haya escapado un disparo”.

Corrió a la guardia apenas vestido, junto con otros compañeros. Pensó que era un ataque a la Base. En el hall del edificio principal vio mucho desorden y gritos. Todos iban y venían. El lío era tal que a nadie se le ocurrió prender las luces. Se encontró con un suboficial de guardia. “Estaba refugiado en un rincón, arrinconado y asustado. Fue el primero que me dijo que los tiros venían del calabozo”.

No recuerda quién de los dos alertó por teléfono al jefe de la unidad, Rubén Paccagnini, quien llegó y empezó a discutir y repartir órdenes a los gritos. “Entró rápido y exaltado. Nunca lo había visto así. Pidió desalojar porque había muchos curiosos, como si fuese un accidente”. Magallanes aseguró que el único que trató de tranquilizar a la tropa fue el jefe de la Infantería de Marina, Alfredo Fernández.

En cuanto pudo llegó a los calabozos. Atravesó la discusión de los oficiales. Ya había médicos y enfermeros. Y cadáveres tirados con los pies sobre el pasillo y el tronco dentro de la celda. “El médico iba persona por persona tomando el pulso con un estetoscopio y un maletín, me pidió ayuda y tuve que correr los cuerpos de la entrada para que pudiera pasar. Los corrí, el médico pasó y se dedicó a los que estaban heridos. Ninguno había salido del pasillo”. Le dijo al tribunal que la ropa de los guerrilleros estaba rota por varios impactos de bala. Era fácil darse cuenta porque no estaban muy abrigados. Colaboró en la escena hasta que alguien lo echó.

Antes el testigo había sido contradictorio y casi no había dado estos detalles. Hasta que el fiscal federal Fernando Gélvez exigió que se lea su primera declaración, repleta de datos. “No puede ser que le falle la memoria justo ahora”, se molestó. “Si lo dije en esa ocasión lo sostengo. Sucede que no quiero resultar perjudicado por una palabra mal dicha ni confundir lo que realmente recuerdo con lo que leí luego acerca de los hechos”, se justificó Magallanes, temeroso del falso testimonio.

Luego de esa madrugada participó de la reconstrucción en los calabozos que ordenó el juez militar, Jorge Bautista, el 23 de agosto. Un fotógrafo subido a una escalera registró el simulacro y un uniformado lo escribió a máquina, paso por paso. Sobre una mesa las armas que se usaron. Quienes se ubicaron como tiradores fueron Bravo, Emilio Del Real, Carlos Marandino y Marchant. Los dos primeros con pistola, los otros con metralleta. Ni Sosa ni el contador Raúl Herrera portaron armas.

Ese día Sosa relató la versión oficial ante Bautista, que Magallanes escuchó de primera mano: el capitán había pasado entre la fila de presos, le manotearon el arma, forcejeó y ordenó a los otros cuatro disparar. Ante el juez militar esos cuatro admitieron ser quienes abrieron fuego. Sosa se zambulló en un calabozo para no ser herido. “Sin embargo el pasillo era muy angosto y hombro contra hombro no cabían 3 personas, de eso estoy seguro”, aclaró el testigo entorpeciendo la versión. “Yo cerré los ojos porque simularon apuntarme a mí y eso me impresionó”. La distancia entre marinos y presos había sido muy poca. Otros militares presenciaron la reconstrucción de Bautista.

El día de la Masacre, como sucedió con todas las jerarquías, Magallanes y otros oficiales fueron reunidos por Fernández en una oficina de la Base. Oyeron la versión oficial del intento de fuga. “Yo la creí pero luego de la reconstrucción esa hipótesis entró en crisis. Yo no hubiese pasado armado entre dos filas de gente peligrosa”, le dijo al tribunal. “Eso no es lógico porque la única forma de pasar era tocarse y el consejo es poner distancia siempre”.

El testigo describió a Sosa como un militar “de esos que les gusta mortificar el cuerpo del resto de la gente para forjarse y hacerse más duro”. Magallanes era responsable de mantener el parque automotor de la Base. Pero igual el capitán lo hacía correr diez kilómetros cada mañana.

Días después de los hechos los protagonistas se esfumaron de Trelew. Sosa y Bravo ya eran fantasmas pero nadie se atrevió a preguntar por ellos. “Desaparecieron, dejaron de ejercer sus mandos y lo pude notar porque el contacto con ellos era parte de nuestra rutina y que por ejemplo, Bravo era quien recibía mi parte diario”, graficó Magallanes.

Entre ambos jefes “había una relación muy estrecha y se llevaban muy bien”. Según su recuerdo, “coincidían en la manera de conducirse y de hacer las cosas en el trabajo. Siempre estaban de acuerdo y Bravo solía apoyarse en Sosa, por lo cual no había posibilidad de modificar ni recurrir las decisiones que se tomaban”.

El testigo admitió que el personal de la Base se sorprendió al enterarse de la presencia de Herrera en los calabozos esa madrugada. “¿Qué hacía un contador en actividades así? Nos daba curiosidad porque no era lo habitual. Todo lo que pasaba era bastante anormal y yo traté de vivir en silencio todo lo que me tocó pasar”.

Magallanes confirmó lo que otros testigos contaron: Sosa fue el responsable de elegir y organizar a los hombres que serían parte de una guardia especial para los guerrilleros. Ese cuerpo sólo le respondía a él. “Separó a un grupo que se dedicaría a eso y no saldría de la Base. Él decidía quién saldría a rastrillajes y controles de tránsito y quiénes se quedaría al control de los detenidos”.